“Piloto automático”: la incapacidad para el cambio

Piloto automático

Vamos conduciendo de camino a casa después de un largo día. Estamos pensando en lo que nos han dicho en el trabajo, que ha quedado una cosa a medias. Nuestra mente salta y se va a lo que tenemos que comprar en el super antes de que cierre, porque nos faltaba papel, fruta y… ¡anda! ¿ya he llegado a casa? Qué rápido, ni me he dado cuenta de por dónde he ido…

 

A esto le llamamos comúnmente “ir con el piloto automático”: ensimismados en nuestros pensamientos o el paisaje, desconectamos de todo lo que sucede a nuestro alrededor en el presente mientras nuestra mente, en paralelo y sin comentárnoslo, va haciendo la suya y guiándonos para llegar donde queremos sin chocar con nadie ni tener un accidente.

¿Por qué tenemos un piloto automático?

Nuestro cerebro busca contínuamente ponernos en piloto automático: no podemos estar atentos a absolutamente todo lo que ocurre a nuestro alrededor, no tenemos recursos mentales para tanto estímulo. Por eso, cuando nuestra mente ve que ante ciertas situaciones solemos reaccionar igual (por ejemplo, enfadarnos cuando nos toca hacer la declaración de la renta), decide automatizar nuestra reacción (es decir, nuestro pensamiento, emoción y conducta), haciéndola inconsciente, para poder invertir los recursos atencionales en otras cosas.

 

Así, por ejemplo, acabamos siempre molestos cuando nos hablan de la declaración de la renta, aunque no sepamos todavía cómo irá (¡o hasta si nos saldrá a devolver!).

Un piloto que nos juega en contra

El problema viene cuando hemos dado rienda suelta a este piloto automático y lo que éste nos ha automatizado nos hace sentir mal (tristes, agobiados, indefensos).

 

Cuando el malestar está automatizado no pensamos en cómo nos estamos sintiendo, simplemente sentimos. Y cuando éste es muy intenso podemos ser conscientes de ello, con una incomodidad terrible: nos sentimos mal, no sabemos por qué y no tenemos ni idea de qué podemos hacer para remediarlo.

 

En general no nos planteamos que lo que estamos sintiendo no es lo que “debemos” sentir, que hay otras opciones. Actuamos como si estuviésemos programados así: cuántas veces hemos escuchado esto de “esto me hace sentir muy mal pero no puedo hacerle nada, yo soy así” y algunos añadidos como: “siempre he sido así” o “es mi personalidad y no la puedo cambiar”. Ante esta indefensión, realmente nos quedamos vendidos: no podemos cambiar. 

Quitar el piloto para conducir nosotros

Creemos que no podemos cambiar porque notamos que nos sale sólo, que no elegimos pensar como pensamos o sentir como sentimos (o hasta actuar como actuamos). Pero no elegir esto no significa que no podamos elegir reaccionar diferente cuando esto ocurre. Se trata de tomar consciencia de nuestro piloto automático para después provocar un cambio

¿Cómo cambiar?

Lo primero, como hemos comentado, es tomar consciencia de qué pensamos y qué sentimos “por defecto” en cada situación. ¿Qué nos hemos automatizado a pensar y sentir? ¿Enfadarnos cuando alguien llega tarde? ¿Agobiarnos cuando tenemos que hacer una presentación? ¿Pensar que en general no haremos las cosas suficientemente bien?… Debemos mirar el automatismo no como una realidad inquebrantable, sino como una voz que nos dice qué pensar y sentir. Pero el automatismo es esto: solamente una voz. No tiene más poder del que le demos, ni sabe más de la vida que otros pensamientos que no nos vengan automáticamente. 

 

En segundo lugar, debemos plantearnos cómo nos gustaría reaccionar ante estas situaciones: sabemos que ahora mismo tenemos una voz que nos dice cómo pensar y cómo sentir. Ok, está allí, pero: más allá de esta vocecilla (que puede ser más o menos molesta), ¿yo qué quiero hacer? Debemos plantearnos a qué le queremos dar valor, qué queremos que sea verdaderamente importante para nosotros y qué no. Y, a partir de eso, empezar a actuar diferente.

 

Por último, el paso más determinante: decidir a qué voz hacer caso: ahora tendremos en la mente la voz del automatismo, que nos dirá qué debemos pensar y qué debemos sentir, y que además se acompañará de emociones intensas. A la vez, tendremos otra voz, más nueva, que nos dirá cómo nos gustaría reaccionar ante aquella situación, cómo nos gustaría sentirnos, qué nos gustaría hacer para estar bien o en paz con nosotros mismos. De lo que hagamos aquí dependerá el cambio: se trata de hacer caso a la nueva voz, actuar para ella (al final esta nueva voz es la parte de nosotros que queremos alimentar). Con la repetición eliminaremos el antiguo automatismo y podremos crearnos como realmente queremos ser.

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